
Aquí estoy, tirado sobre una hamaca paraguaya meciéndome lenta y acompasadamente mientras disfruto de la paz y el sopor que te produce la brisa entre tanto pino.
Letargo interrumpido muy de vez en cuando al llegar mi señora con un rico, calentito y espumoso mate.
En verdad no me explico cómo es que acepte venir a veranear acá. Hace cosa de un mes no tenía la más mínima idea de dónde salir de vacaciones, y si salíamos (sólo en el hipotético caso)… de algo estaba seguro y era que no iba a ser cerca del mar.
Es largo de explicar pero si hay algo a lo que le tengo miedo es a la inmensidad del mar. Como toda fobia, la mía se originó en mi más lejana infancia. Hoy me considero un tipo maduro, centrado y pensante capaz de analizar los hechos. Y sé cuál fue el motivo de mi fobia. Lo reconozco y lo asumo, pero así y todo sigo teniéndole terror al mar.
Hace unos días entró a mi negocio Miguel, un amigo de “aquellos” y en medio de una conversación surgió el tema recurrente para la época estival, que es la poca venta por la falta de gente y nuestro cansancio de atender el kiosco tantas horas sin ver siquiera algún logro.
Viendo nuestro agotamiento, Miguel nos recomendó que no dejásemos de ir a Pehuen-Co, villa cercana a Bahía Blanca con calles de tierra entoscada y arboleda de pinos tan grandes que entre 2 personas no los pueden abrazar.
Tanto ponderó la tranquilidad del lugar que nos clavó la espina de la duda y empezamos a avisar a nuestros proveedores del receso, además estábamos por festejar nuestro séptimo aniversario de casados y la tenía medio abandonada… y ya se sabe lo que dicen de la comezón del séptimo año, así que no lo iba a dejar pasar.
Como es su costumbre Miguel se encargó de todo. Se puso en contacto con su hermana Teresa que vive en la villa y sólo quedaba seguir sus instrucciones.
Tomamos la ruta nacional 3 hacia el sur y en el kilometro 640, frente a una gran antena (exactamente donde dijo que estaría) debíamos girar a la izquierda y hacer otros 37 kilómetros.
El asfalto culmina justo en la entrada, del que luego me entero que fue inaugurado en 1981 y que a partir de ahí no hubo progreso dado que el terrateniente que cedió las tierras puso como condición sine qua non dejar todo lo más agreste posible.
Desde que se loteó en 1949 hasta nuestros días no se asfaltó ni se construyó de alto y a tantos años vista la población estable apenas supera el centenar de almas.
Realmente es un paraíso inesperado, lindos chalets encallados en medio de inmensos médanos rodeados de pinares más que frondosos.
¿Médanos? ¿qué hace tanta arena acá?
Las calles son tal cual me las describieron, con pocos vehículos y en su mayoría de doble tracción.
¿Para qué la doble tracción si no es para el barro o… la playa?
Esto no me gusta nada ¿por qué no habré preguntado? ¿Estaré acaso cerca?
Mi señora me vio inquieto y transpirando y se lo achaqué al trajín del viaje.
¿Cómo le explico lo que me pasa?
Teresa nos estaba esperando, su casa está al lado de la única escuela primaria de Pehuén-Co, nos saludó cortante como si nos conociéramos de toda la vida y debiéramos continuar con la tarea dejada ayer. Saltó a su Jeep con suma destreza y nos hizo señas de seguirla.
Fuimos por la avenida principal, si es que de alguna manera se la puede llamar principal, todas las calles son iguales. Tierra entoscada y medio abovedadas casi cubiertas con techo de altas ramas, aunque lo de principal es que se aglutinan algunos comercios más que en otras.
La calle Brown, que así se llama la principal tiene la única farmacia, el único video club, 2 de las 5 despensas, la única panadería y ya un poco alejado del centro (a sólo 4 cuadras) se ubican la carnicería, un locutorio y la salita de primeros auxilios.
A poco de andar giramos por una esquina donde habita un árbol tan descomunal que se necesitarían mas de 4 personas para rodearlo con los brazos y al que utilizo como mojón de referencia para ubicarme.
Esta nueva calle por la que nos dirigimos se llama La Argentina y en unas 4 cuadras encaró hacia un portón de caños amarillo descascarados, estamos en nuestro nidito de amor por la próxima quincena.
Teresa se nos adelantó llave en mano prendiendo las luces de toda la estancia mientras daba las indicaciones del caso.
Ya con un pie en el estribo y antes de despedirse me largó una artera puñalada:
-Duerman tranquilos que acá no pasa nada, son la última construcción antes de llegar al mar, tienen 200 metros de médanos y el agua. Mas tranquilidad imposible.
Siguió explicando que le costó mucho convencer al dueño del casco para que nos alquilara pero que por amistad… yo ya no escuchaba mas nada, una fría parálisis corría por mi espalda.
¿Cómo explicar lo que me pasa? Tal vez no estemos tan cerca, dijo 200 metros, es de noche y no se ve mucho.
Acerqué el coche lo más cerca posible a la estancia en medio de un extenso terreno para bajar nuestras cosas.
Si es de destacar cómo se ve el cielo, lejos del smog de Buenos Aires se distingue una franja lechosa de potente luminosidad.
Al mar todavía no lo vi pero lo que estuve viendo de la villa me gusta.
Dios quiera que no me castiguen tanto estos recuerdos, tengo que superarlo.
¿Cómo le digo a mi señora lo que me pasó de chico, cómo le explico que mis padres me mandaron a la playa a cuidar a mi hermanito y se me escapó?
Me dijeron que se ahogó porque me distraje pero no fue así. Juro que no fue así!
¿Por qué no me creyeron que caminábamos de la manito y una fuerte ola nos revolcó? Que me digan cómo le digo a ella que superé la acusación de mis padres pero que todavía conservo la cálida sensación de su tierna manito en la mía cuando la fuerza implacable del agua me lo arranca violentamente sin que pudiese hacer nada. Yo también era chico, carajo!
Que alguien me diga como hago para hacerle saber a mi señora que mis viejos se fueron de este inmundo mundo pensando que yo fui quien lo abandonó a su suerte por celos, pero que no fue así.
¿Cómo me lo explico a mi mismo?
Su cuerpecito nunca se pudo recuperar, razón de más para seguir sintiendo esa pavorosa sensación hacia esa estúpida masa inmensamente salada y enormemente fría.
Los primeros días de nuestra estadía amanecieron nublados y por intuición femenina o no se qué nunca dijo de ir a la playa.
Cuando nos sorprendió un hermoso día de sol yo dilaté lo más posible un asadito y su sobremesa con siesta incluida.
Nos esperaban muchos días mas por delante y era obvio que se me iban a acabar las excusas, sabía que tenía que evitarlo a toda costa o en el peor de los casos, afrontarlo e ir.
Por eso que sólo tienen las mujeres de darse cuenta de las cosas, o por mi mal disimulado nerviosismo me dio a entender que si no me gustaba el agua que me quedara a tomar mates o a leer bajo la sombrilla pero que no estaba dispuesta a no disfrutarlo juntos después de haber llegado hasta acá.
Me abandoné al destino que me esperaba. Y debo decir que no fue tan malo ya que finalmente terminé tumbado sobre la arena mientras dejaba que la tibieza del sol me acariciara suavemente. Y hubieron de transcurrir nueve largos días de la quincena hasta que me convencí de lo infundado de mis temores y entré al agua, al principio sólo a mojarme los pies.
Grande mi sorpresa al ver que lo pasaba bien mientras caminábamos de la mano por la orilla espumosa, hasta que… porque siempre tiene que haber un por qué… sentí en mi pierna, por encima del tobillo una opresión que me quemaba.
Salí como tromba hacía afuera gritando vaya a saber qué tipo de incoherencias lo que motivó las risas de la poca gente que había en ese momento.
Terminé riendo yo también cuando me desasnaron que después de una sudestada es común encontrar el mar contaminado de agua vivas cuyo filamentos segregan una especie de ácido a modo de defensa.
Pero a pesar de mi risa, la irritación de mi pie como bautismo de fuego no me gustó nada.
Acostumbrado al ruido de donde vengo, la noche de Pehuen-Co es muy propicia al descanso y así lo hice a pesar de que siempre me costó remontar el sueño.
Y ahí estaba yo en mi cama esperando que me llamara Morfeo, contemplando nada mientras escuchaba el ruido del mar y de repente se corta la luz (común en la villa, según me dijeron por un cambio de fases).
A tientas llegué a la cocina donde encuentro una vela en su candelabro. Al encenderla, su llama imprime extraños movimientos en las cosas de la casa.
De repente una ráfaga de viento de la famosa sudestada irrumpió levantando las cortinas hasta el techo. El furioso golpe de aire apagó de un manotazo la famélica vela y toda la estancia quedó metida en la más siniestra oscuridad.
El cielo se rajaba en mil pedazos y la silueta de los pinos apenas se adivinaba tras la bruma del mar como un montón desordenado de fantasmas y esqueletos que se balanceaban en una imponente y macabra danza.
¿Será como dicen que cuando uno pierde alguno de los sentidos se intensifican los demás? Al no ver absolutamente nada comencé a escuchar los sonidos más nítidamente, al punto de oír el rugido del mar tan fuerte que pensé que se despertaría mi señora.
Siempre fui de investigar así que decidí salir. Una vez que hube pasado el portón de caños amarillo descascarados comencé a avanzar dejando atrás la hilera de pinos.
A medida que avanzaba se hacía mas nítido el ruido a mis espaldas de algo o alguien que arrastraba los pies al caminar.
A punto de salir corriendo el refucilo de un relámpago dejó ante mi vista su aterrado rostro cadavérico que parecía mirarme con una profunda e infinita soledad al tiempo que extendía su pequeña manito hacia mí implorando que se la agarrara.
Ya no siento miedo del mar. Ahora conozco todos sus secretos.
Y mi tacto intenso volvió a sentir su fría, tierna y pequeña manito en las mías.
¿Cómo le explico a mi señora que esta vez estoy firmemente decidido a no dejarlo que se suelte?
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