
EL AMANTE DE LA MUERTE.
En el archivo mental donde guardo debidamente clasificadas todas mis experiencias, se encuentra la más espantosa y escalofriante de las aventuras; aquella que viví en Rio de Janeiro, Brasil, allá por el verano del ’85 cuando salimos de vacaciones mis viejos y yo en un viaje maratónico, dado que fui manejando aquel Ford Falcon gris que habíamos comprado el año anterior por medio de un autoplan de ahorro.
Me encantó Brasil, su gente y sus costumbres. Nunca imaginé que me adaptaría tan bien y, sin embargo –aún hoy no me lo explico- permanecí allí por mucho más tiempo del que teníamos planeado. –o sí me lo explico, pero inconscientemente lo quiero negar-.
Volviendo a esta experiencia, debo aclarar que me costó años de psicoanálisis y consultas con diferentes médicos, todo lo cual de nada sirvió ya que nunca pude borrarla de mi mente.
Sucedió una noche de febrero que recuerdo como la más calurosa de mi vida. También debo aclarar que tengo un cuerpo muy velludo por lo que calculo que las noches calurosas, a mí se me antojan mucho más calurosas. Ese día habíamos vuelto temprano de la playa y después de un merecido baño, mis viejos decidieron ir a cenar a un lujoso y conocido restaurante del centro carioca, pero yo a causa del calor, decliné la invitación.
Simplemente tenía la intención de dejarme caer en un sillón de paja que había en una especie de recibidor que unía las dos habitaciones que se alquilaron en el hotel, con ganas de leer una novela de terror de mi escritor predilecto, Stephen King. Estaba yo muy enfrascado en la lectura cuando la sensación de una presencia me obligó a levantar la vista.
Allí, delante de mí, a pocos metros –nunca sabré como entró en la habitación- se hallaba una mujer de extraordinaria belleza, de esas que un adolescente como yo se inquieta de tenerla cerca –y los no adolescentes también-.
Su expresión era de miedo, pero a mí no me asustó. Entonces comenzó nuestro diálogo. Una voz que no parecía la mía por la falta total de naturalidad le dijo: -¿busca algo?.
La pregunta era totalmente absurda pero era lo único que se me ocurrió en ese momento. La situación era también totalmente absurda porque ella no contestó una sola palabra. Seguía allí de pie, con la apariencia de una sonámbula que se ha extraviado en la noche.
Pude observar una enorme cicatriz en su cuello, lo que en cierta forma me infundió algo de terror. No se por qué pero me pareció que pudo haber sido un terrible accidente de autos.
Entonces me atreví a hablar nuevamente: -¿quién es usted? ¿qué desea? ¿qué le pasa? ¿a quién busca? Bombardee. -Nada puedo decirte. Fue lo único que oí. Tenía un agradable acento y su voz era cálida. Ahora recapacito que cometí un locura, nunca debí iniciar una conversación así, que debía haberla echado, pero yo, al verla vaporosa envuelta en bambula transparente y atraído por esa excitación debido a la edad, hice todo lo contrario. Le ofrecí que se sentara, le serví algo fresco que sin hablar tomó entre sus manos blancas, pequeñas, finas, salvajemente sensuales que despertaron una extraña locura dentro de mí.
Continuaba sin hablar como si hubiera adivinado que sólo me bastaba su presencia. Estuvimos largo rato en silencio, mirándonos primero; acariciándonos y besándonos después, de la manera más suave y delicada.
De repente el viejo y largo reloj de pared, como si quisiera romper ese mágico silencio tan nuestro y tan profundo, dio las once de la noche. Recién entonces caí en la cuenta de que ignoraba cuanto tiempo había pasado desde que esa fascinante aparición había penetrado en la habitación, en mi mundo, en mi vida.
Lo que sucedió después es difícil describirlo. Sólo puedo decir que nunca más llegué a un éxtasis tal ni a una entrega más perfecta. Perdí la cuenta de los numerosos orgasmos que hubo de ambas partes y hoy, con los años, estoy seguro que nunca pude repetirlo. Fue una mezcla de erotismo y pureza que nos fue llevando fuera de los límites de la cordura.
Cuando desperté a causa de los ruidos que hacían mis viejos al querer introducir las llaves en la cerradura, sobresaltado la busqué en la penumbra pero no estaba, ni a mi lado ni en la habitación.
Aún perdura en mis recuerdos su perfume, que en ese momento todavía persistía en la habitación. Me levanté y corrí a la otra habitación, al baño. Nada. Desesperado me senté al borde de la cama.
No podía llamarla, ni siquiera conocía su nombre y allí ya estaban mis padres. ¿Qué decirles? Nada. Sólo sabía que esa mujer trastornaba mis sentidos y que quería estar con ella. Una mujer que me daba vueltas el cerebro, que me tenía de la nuca, del tomate –como dicen ahora los pendejos-.
Me vestí en pocos minutos y salí al pasillo, -recuerdo que ni siquiera me higienicé- bajé rápidamente las escaleras de dos en dos y dirigiéndome directamente a conserjería como una tromba pregunté si la habían visto. No, fue la respuesta.
Una negativa que recibí como si fuera un golpe despiadado.
Salí a la calle decepcionado con una aterradora sensación de angustia.
Una multitud de negros que se habían agrupado en ese momento cerca del hotel detuvo mis pasos. Gente que festeja el carnaval, fue lo que pensé. Quise esquivarlos, pero... ¿a dónde iría?.
Volví sobre lo andado. El portero del hotel tenía que saber algo de ella. Estaba firme en su puesto fumando un hediondo charuto.
-Por Dios, haga memoria. ¿está seguro que no la ha visto?. Imploré.
-Pero señor, (me respondió en su portugués muy cerrado proveniente del norte de Brasil) –ya se lo he dicho, no he visto entrar ni salir a nadie así, pero si gusta puede elegir algunas de las garotas “acompañantes” que trabajan con el hotel.
Me negué amablemente, resignado. ¿y si realmente fue un sueño?.
Me alejé de allí y me encontré en el grupo de negros entre los cuales ahora había algunos blancos. No parecían estar festejando el carnaval.
Me acerqué curioso a preguntar que pasaba, por lo que me contaron de un horrible crimen que había ocurrido. Recién ahora recapacito que esta gente eran periodistas en busca de esa información sensacionalista que es en definitiva la que vende mayor cantidad de diarios, alimentando el morbo de la gente. Y yo también, atraído vaya a saber por que estúpida morbosidad que no escapo a las reglas, traté de colarme entre la gente para ver mejor.
Ingresé en un espléndido jardín que rodeaba una no menos espléndida casa. Intenté mirar a través de un enorme ventanal y vi mucho movimiento; parientes de la víctima según deduje, ya que la policía no dejaba entrar a nadie.
Los camilleros de una ambulancia privada estaban retirando el cuerpo y yo quería quedarme a ver. “Cómo estaré de loco” pensé.
Cuando salían no caminé ni dos pasos cuando algo tremendo y aterrador estalló dentro de mí. –No es posible” pensé semiahogado por el dolor, mientras desfilaban como en un torbellino pavoroso, sus caricias, su ternura, la tibieza de su piel y su fiebre salvaje quemando mi piel.
Allí, en esa camilla con una mano crispada, estaba tendida esa mujer, la que yo amaba desde siempre, la que hacía unas pocas horas había suspirado en mis brazos por primera vez.
La habían apuñalado en el cuello, de lado a lado, brutalmente.
La sangre, seca ya, la había manchado casi por completo. (musculosa, vaqueros y hasta los zapatos). No pude moverme, quería correr a abrazarla, taparla para que nadie la mirara. Desesperado, caí de rodillas en donde estaba.
Mientras trataba de reprimir un sollozo que brotaba desde el fondo abismal y destrozado de mi alma, pude escuchar una voz (probablemente la del médico forense) que decía:
-Hace más de 24 horas que está muerta y con este clima tan caluroso
pronto va a entrar en descomposición...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario