lunes, 28 de diciembre de 2009

Secuencia


SECUENCIA

...Obviamente, médico al ir que tengo. ¿Aceitunas a olor este y? ¿Pasando está me que lo es qué?.
Soplé humo dentro de mi cigarrillo y éste se hizo más grande.
Miré el reloj y mi di cuenta que las agujas andaban hacia atrás. Me indicaba que eran las 10:33 yendo hacia las 10:32.
Estaba atrapado, moviéndome a la inversa por toda la secuencia de acciones pasadas. Me sobrevino una especie de desesperación porque sabía que no podía hacer nada para evitarlo.
Impotente, acá detrás de mis ojos contemplaba cómo se comportaba mi cuerpo.
El cigarrillo alcanzó toda su longitud. Hice chasquear el encendedor que devolvió su punta encendida y luego sacudí el apagado cilindro que devolví al paquete.
Normalmente no fumo ni bebo, pero estaba pasando por una situación límite muy especial y delicada. Situación que me hizo buscar desesperadamente beber para tratar de olvidar.
Bostecé a la inversa: primero una exhalación y luego una inhalación.
Esto no era real, por lo que acudí al médico. Le comenté que ya había sufrido algunos ataques semejantes, pero que estos se hacían cada vez más frecuentes y largos.
Se trata de una alucinación locomotriz post-traumática provocada por la ansiedad y la pena de perder a un ser querido, precipitando así el ataque. Todo esto se conjugaba para provocar un síndrome nada común, sobre todo porque cada vez que se sucedían, estos eran de mayor duración, sin saber en que podían desembocar.
Pero yo no creía en esto, no podía creerlo. No si quería conservar la poca salud mental que aparentemente me quedaba.
Me puse de pie, caminé hacia atrás por la habitación hacia el placard, volví a vestirme con la misma camisa y el mismo vaquero que usé durante todo el día.
Retrocedí hasta la cocina, me senté y regurgité la bebida que ya me había tomado, trago tras trago sin derramar una sola gota, hasta que el vaso se llenó.
Noté un fuerte sabor a aceitunas, un fogonazo de rosada estática, una especie de sopor, luego un momento de elevada percepción y ... todo volvió a sufrir un cambio.
Ahora las grandes agujas del enorme reloj de la cocina marchaban por su gran esfera siguiendo la dirección correcta.
Me sentí libre para moverme a voluntad, eran las 09:47 Hs.
Volví a beber esa bebida fuerte, me hacía falta. Ahora, si era consecuente con el sistema, volvería a sacarme la ropa y me pondría a fumar. Pero en vez de eso, me serví otra copa, y otra más.
La secuencia no se repetía. Las cosas no sucedían como creí que habían ocurrido y des-ocurrido. Ahora todo era diferente, y así se venía a demostrar (según el médico) que lo ocurrido había sido una alucinación.
Incluso la noción de que había invertido 46 minutos en cada sentido constituía un intento de racionalización. Nada había pasado.
Todo el asunto era una locura... al recordarlo, volví a llenar otro vaso, hasta que caí dormido.
Por la mañana omití el desayuno, mientras advertía que muy pronto dejaría de ser “por la mañana”, tomé un par de aspirinas, una ducha y un café negro chico.
Salí a la calle. ¿cómo rectifica un hombre lo que sucedió? No se puede.
No hay sistema posible bajo el sol. Puede sufrir, recordar, arrepentirse, maldecir u olvidar. Nada más. Lo pasado es inevitable.
Sí, estaba al borde del desmoronamiento; entonces lo que más deseaba era lanzarme a él de cabeza, abandonarme, no seguir correteando medio adentro, medio afuera.
Sencillamente caerme, pero con fuerzas y de verdad, porque recordé el por qué, en realidad nunca pude olvidarlo.
Después de odiar mucho, me levanté del banco donde estaba cuando la estática rosada me golpeó las pupilas y el aire se convirtió en un volcán que escupía arco iris.
El mundo se quedó congelado y como si pusiera una rima visual a mis pensamientos comprendí que el infierno tornaba a empezar cuando los pájaros cruzaron el cielo volando hacia atrás. Me entregué a merced del fenómeno.
Dejé que aquello me dominara hasta que se agotase; que lo emplease todo y no quedase ningún resto por desandar.
Sólo mis pensamientos permanecían inviolados, mi cuerpo en cambio pertenecía a la ola que se retiraba.
En la calle un muchacho se cruzó de espaldas, des-silbando retazos de una canción.
Entré a mi departamento igualmente de espaldas, des-bebí mi café negro chico, me des-duché, devolví las aspirinas a su envase empeorando mi “resaca” a cada instante, y me dormí sobre la mesa sintiéndome terriblemente mal.
Una pesadilla apenas recordada pasó en secuencia inversa por mi mente. Dejemos que así sea, decidí sin resistirme.
Era de noche cuando desperté, estaba muy borracho. Retrocedí hasta el bar y comencé a escupir las bebidas, una a una en el vaso que usé la noche anterior y volví a meter el líquido en las botellas saltando por el aire. Me iba sintiendo menos borracho.
Seguía deshaciendo cosas. Descolgué el teléfono, dije “chau”, no se que más desdije, escuché un momento, recolgué el teléfono y lo miré un rato mientras sonaba.
El sol salió por poniente y la gente conducía hacia atrás sus coches rumbo a ...!Qué me importa1 Era el ataque más largo que tuve, pero no me importaba.
Quise soltar una risotada, pero no podía dar la orden a mi boca; ni quería interferir en nada. Todo el mundo obraba hacia atrás sin saberlo.
Luego me sobrevino otro dolor de cabeza y volví a la cama.
Más tarde el sol se puso por levante.
Y lloré sin lágrimas, por dentro, al darme cuenta de lo que iba a suceder. Pese a mi locura sufría... sufría mientras todo iba hacia atrás. Hasta que supe que tenía el tiempo al alcance de mi mano. Grande era mi pena, mi odio, mi amor.
De repente me encontré rodeado de mucha gente que lloraba y me daba su pésame en el cementerio. La gente se apartó un poco para dejar lugar a un par de hombres que descorrían el mármol del nicho y sacaban el ataúd para volver a colocarlo sobre la coruña que lo transportó hasta ahí.
Todos salimos de espaldas del cementerio. El ataúd fue devuelto al coche fúnebre y éste regreso al lugar donde se estuvo velando, previa pasada por las últimas pertenencias del difunto, quedando luego reinstalado en la Capilla Ardiente del salón principal del Consejo Deliberante.
Des-sueldan la tapa del féretro en el momento que agarramos a mi señora entre cuatro, ya que desembocó en un ataque histérico al ver que tapaban a su suegro-papá.
Era mucho más que su suegro –ella perdió a su padre de muy chica- y fue como si lo adoptara como padre, lo quería mucho.
Permanecimos entre mucha gente toda la noche. Algunos conocidos, muchos que no. Mi papá era un hombre muy conocido y querido, murió desempeñando las funciones de Vice-presidente del Consejo.
Muchos amigos me des-estrecharon sus manos en señal de condolencia y rostros solemnes de los tantos desconocidos. La mayoría de esta gente recién me conocía como yo a ellos, porque a pesar de que papá “llegó”, yo siempre rehuí de la política.
Una de las lamentaciones de él era tener que dejar su herencia política a cualquiera que no sea de su sangre.
Las cosas seguían su curso de retroceso. Entraban para sentarse un ratito, mirar el ataúd, “hola, cuánto lo siento” ó “ahora tenés que ser fuerte” u otra de las fórmulas que corresponden para el caso y se iban. Siempre de espaldas.
Las lágrimas me subían por las mejillas entrando en mis ojos. Luego estuve cada vez más solo; mi ropa volvía a estar bien planchada de nuevo.
Por dos veces ejercité toda mi fuerza de voluntad en el intento de interrumpir la secuencia de los acontecimientos. Fracasé.
Había lágrimas en mi mente al percibir el pasado que yacía a menos de 24 horas.
Ese pasado me estuvo acechando durante todo el día mientras des-compraba el féretro, el nicho y los accesorios.
En este des-andar los acontecimientos regresamos al hospital donde estuvo una noche en terapia intensiva antes que me dijeran que no se pudo hacer nada por él.
¿Lo estamos sacando de la terapia? ¿VIVO? ¿Puede ser que se reconforme su cerebro después de haber padecido una isquemia?
Lancé alaridos mentales, aullidos de pánico y euforia. No podía detenerme en este punto. No, ahora no.
Toda mi pena y mi amor y todo el odio por mi mismo me hicieron retroceder hasta tan lejos, hasta casi el momento...
No podía terminar ahora. Al cabo de un rato me encuentro en la cocina de la casa de mis viejos. La puerta se abrió de “un portazo”, los ojos de papá casi salían de sus órbitas
-¡Vuelvas que quiero no!
-¡Voy me que claro!
-¡Entonces, mierda a la andate!
-¡Mi de siempre pensaste eso!
-¡Sentís lo que decí menos al, criatura una como portas te!

Sus ojos llamearon dentro de esa estática rosada como esmeraldas. Y se produjo un cambio. El gran cambio; y volvió a estar vivo. Mentalmente tenía una gran algarabía. Esa tremenda alegría interior hizo que me sonriera; lo que parecía enfurecer más a papá.

-¡Te portas como una criatura, al menos decí lo que sentís!
-¡Si papá, tenés razón! Le dije tomándolo de su mano con fuerzas. Manos callosas y temblorosas que otrora fueran grandes y fuertes.
-¡Vení, calmate un poco que mientras tomamos un café volvemos a charlarlo.
Nunca podrás imaginarte cuanto lo siento.
-¡Esta bien, sentate acá. Y yo obedecí.

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