martes, 22 de noviembre de 2011

¿Cómo le explico?


Aquí estoy, tirado sobre una hamaca paraguaya meciéndome lenta y acompasadamente mientras disfruto de la paz y el sopor que te produce la brisa entre tanto pino.
Letargo interrumpido muy de vez en cuando al llegar mi señora con un rico, calentito y espumoso mate.
En verdad no me explico cómo es que acepte venir a veranear acá. Hace cosa de un mes no tenía la más mínima idea de dónde salir de vacaciones, y si salíamos (sólo en el hipotético caso)… de algo estaba seguro y era que no iba a ser cerca del mar.
Es largo de explicar pero si hay algo a lo que le tengo miedo es a la inmensidad del mar. Como toda fobia, la mía se originó en mi más lejana infancia. Hoy me considero un tipo maduro, centrado y pensante capaz de analizar los hechos. Y sé cuál fue el motivo de mi fobia. Lo reconozco y lo asumo, pero así y todo sigo teniéndole terror al mar.
Hace unos días entró a mi negocio Miguel, un amigo de “aquellos” y en medio de una conversación surgió el tema recurrente para la época estival, que es la poca venta por la falta de gente y nuestro cansancio de atender el kiosco tantas horas sin ver siquiera algún logro.
Viendo nuestro agotamiento, Miguel nos recomendó que no dejásemos de ir a Pehuen-Co, villa cercana a Bahía Blanca con calles de tierra entoscada y arboleda de pinos tan grandes que entre 2 personas no los pueden abrazar.
Tanto ponderó la tranquilidad del lugar que nos clavó la espina de la duda y empezamos a avisar a nuestros proveedores del receso, además estábamos por festejar nuestro séptimo aniversario de casados y la tenía medio abandonada… y ya se sabe lo que dicen de la comezón del séptimo año, así que no lo iba a dejar pasar.
Como es su costumbre Miguel se encargó de todo. Se puso en contacto con su hermana Teresa que vive en la villa y sólo quedaba seguir sus instrucciones.
Tomamos la ruta nacional 3 hacia el sur y en el kilometro 640, frente a una gran antena (exactamente donde dijo que estaría) debíamos girar a la izquierda y hacer otros 37 kilómetros.
El asfalto culmina justo en la entrada, del que luego me entero que fue inaugurado en 1981 y que a partir de ahí no hubo progreso dado que el terrateniente que cedió las tierras puso como condición sine qua non dejar todo lo más agreste posible.
Desde que se loteó en 1949 hasta nuestros días no se asfaltó ni se construyó de alto y a tantos años vista la población estable apenas supera el centenar de almas.
Realmente es un paraíso inesperado, lindos chalets encallados en medio de inmensos médanos rodeados de pinares más que frondosos.
¿Médanos? ¿qué hace tanta arena acá?
Las calles son tal cual me las describieron, con pocos vehículos y en su mayoría de doble tracción.
¿Para qué la doble tracción si no es para el barro o… la playa?
Esto no me gusta nada ¿por qué no habré preguntado? ¿Estaré acaso cerca?
Mi señora me vio inquieto y transpirando y se lo achaqué al trajín del viaje.
¿Cómo le explico lo que me pasa?
Teresa nos estaba esperando, su casa está al lado de la única escuela primaria de Pehuén-Co, nos saludó cortante como si nos conociéramos de toda la vida y debiéramos continuar con la tarea dejada ayer. Saltó a su Jeep con suma destreza y nos hizo señas de seguirla.
Fuimos por la avenida principal, si es que de alguna manera se la puede llamar principal, todas las calles son iguales. Tierra entoscada y medio abovedadas casi cubiertas con techo de altas ramas, aunque lo de principal es que se aglutinan algunos comercios más que en otras.
La calle Brown, que así se llama la principal tiene la única farmacia, el único video club, 2 de las 5 despensas, la única panadería y ya un poco alejado del centro (a sólo 4 cuadras) se ubican la carnicería, un locutorio y la salita de primeros auxilios.
A poco de andar giramos por una esquina donde habita un árbol tan descomunal que se necesitarían mas de 4 personas para rodearlo con los brazos y al que utilizo como mojón de referencia para ubicarme.
Esta nueva calle por la que nos dirigimos se llama La Argentina y en unas 4 cuadras encaró hacia un portón de caños amarillo descascarados, estamos en nuestro nidito de amor por la próxima quincena.
Teresa se nos adelantó llave en mano prendiendo las luces de toda la estancia mientras daba las indicaciones del caso.
Ya con un pie en el estribo y antes de despedirse me largó una artera puñalada:
-Duerman tranquilos que acá no pasa nada, son la última construcción antes de llegar al mar, tienen 200 metros de médanos y el agua. Mas tranquilidad imposible.
Siguió explicando que le costó mucho convencer al dueño del casco para que nos alquilara pero que por amistad… yo ya no escuchaba mas nada, una fría parálisis corría por mi espalda.
¿Cómo explicar lo que me pasa? Tal vez no estemos tan cerca, dijo 200 metros, es de noche y no se ve mucho.
Acerqué el coche lo más cerca posible a la estancia en medio de un extenso terreno para bajar nuestras cosas.
Si es de destacar cómo se ve el cielo, lejos del smog de Buenos Aires se distingue una franja lechosa de potente luminosidad.
Al mar todavía no lo vi pero lo que estuve viendo de la villa me gusta.
Dios quiera que no me castiguen tanto estos recuerdos, tengo que superarlo.
¿Cómo le digo a mi señora lo que me pasó de chico, cómo le explico que mis padres me mandaron a la playa a cuidar a mi hermanito y se me escapó?
Me dijeron que se ahogó porque me distraje pero no fue así. Juro que no fue así!
¿Por qué no me creyeron que caminábamos de la manito y una fuerte ola nos revolcó? Que me digan cómo le digo a ella que superé la acusación de mis padres pero que todavía conservo la cálida sensación de su tierna manito en la mía cuando la fuerza implacable del agua me lo arranca violentamente sin que pudiese hacer nada. Yo también era chico, carajo!
Que alguien me diga como hago para hacerle saber a mi señora que mis viejos se fueron de este inmundo mundo pensando que yo fui quien lo abandonó a su suerte por celos, pero que no fue así.
¿Cómo me lo explico a mi mismo?
Su cuerpecito nunca se pudo recuperar, razón de más para seguir sintiendo esa pavorosa sensación hacia esa estúpida masa inmensamente salada y enormemente fría.
Los primeros días de nuestra estadía amanecieron nublados y por intuición femenina o no se qué nunca dijo de ir a la playa.
Cuando nos sorprendió un hermoso día de sol yo dilaté lo más posible un asadito y su sobremesa con siesta incluida.
Nos esperaban muchos días mas por delante y era obvio que se me iban a acabar las excusas, sabía que tenía que evitarlo a toda costa o en el peor de los casos, afrontarlo e ir.
Por eso que sólo tienen las mujeres de darse cuenta de las cosas, o por mi mal disimulado nerviosismo me dio a entender que si no me gustaba el agua que me quedara a tomar mates o a leer bajo la sombrilla pero que no estaba dispuesta a no disfrutarlo juntos después de haber llegado hasta acá.
Me abandoné al destino que me esperaba. Y debo decir que no fue tan malo ya que finalmente terminé tumbado sobre la arena mientras dejaba que la tibieza del sol me acariciara suavemente. Y hubieron de transcurrir nueve largos días de la quincena hasta que me convencí de lo infundado de mis temores y entré al agua, al principio sólo a mojarme los pies.
Grande mi sorpresa al ver que lo pasaba bien mientras caminábamos de la mano por la orilla espumosa, hasta que… porque siempre tiene que haber un por qué… sentí en mi pierna, por encima del tobillo una opresión que me quemaba.
Salí como tromba hacía afuera gritando vaya a saber qué tipo de incoherencias lo que motivó las risas de la poca gente que había en ese momento.
Terminé riendo yo también cuando me desasnaron que después de una sudestada es común encontrar el mar contaminado de agua vivas cuyo filamentos segregan una especie de ácido a modo de defensa.
Pero a pesar de mi risa, la irritación de mi pie como bautismo de fuego no me gustó nada.
Acostumbrado al ruido de donde vengo, la noche de Pehuen-Co es muy propicia al descanso y así lo hice a pesar de que siempre me costó remontar el sueño.
Y ahí estaba yo en mi cama esperando que me llamara Morfeo, contemplando nada mientras escuchaba el ruido del mar y de repente se corta la luz (común en la villa, según me dijeron por un cambio de fases).
A tientas llegué a la cocina donde encuentro una vela en su candelabro. Al encenderla, su llama imprime extraños movimientos en las cosas de la casa.
De repente una ráfaga de viento de la famosa sudestada irrumpió levantando las cortinas hasta el techo. El furioso golpe de aire apagó de un manotazo la famélica vela y toda la estancia quedó metida en la más siniestra oscuridad.
El cielo se rajaba en mil pedazos y la silueta de los pinos apenas se adivinaba tras la bruma del mar como un montón desordenado de fantasmas y esqueletos que se balanceaban en una imponente y macabra danza.
¿Será como dicen que cuando uno pierde alguno de los sentidos se intensifican los demás? Al no ver absolutamente nada comencé a escuchar los sonidos más nítidamente, al punto de oír el rugido del mar tan fuerte que pensé que se despertaría mi señora.
Siempre fui de investigar así que decidí salir. Una vez que hube pasado el portón de caños amarillo descascarados comencé a avanzar dejando atrás la hilera de pinos.
A medida que avanzaba se hacía mas nítido el ruido a mis espaldas de algo o alguien que arrastraba los pies al caminar.
A punto de salir corriendo el refucilo de un relámpago dejó ante mi vista su aterrado rostro cadavérico que parecía mirarme con una profunda e infinita soledad al tiempo que extendía su pequeña manito hacia mí implorando que se la agarrara.
Ya no siento miedo del mar. Ahora conozco todos sus secretos.
Y mi tacto intenso volvió a sentir su fría, tierna y pequeña manito en las mías.
¿Cómo le explico a mi señora que esta vez estoy firmemente decidido a no dejarlo que se suelte?

martes, 5 de enero de 2010

El Amante de la Muerte


EL AMANTE DE LA MUERTE.




En el archivo mental donde guardo debidamente clasificadas todas mis experiencias, se encuentra la más espantosa y escalofriante de las aventuras; aquella que viví en Rio de Janeiro, Brasil, allá por el verano del ’85 cuando salimos de vacaciones mis viejos y yo en un viaje maratónico, dado que fui manejando aquel Ford Falcon gris que habíamos comprado el año anterior por medio de un autoplan de ahorro.
Me encantó Brasil, su gente y sus costumbres. Nunca imaginé que me adaptaría tan bien y, sin embargo –aún hoy no me lo explico- permanecí allí por mucho más tiempo del que teníamos planeado. –o sí me lo explico, pero inconscientemente lo quiero negar-.
Volviendo a esta experiencia, debo aclarar que me costó años de psicoanálisis y consultas con diferentes médicos, todo lo cual de nada sirvió ya que nunca pude borrarla de mi mente.
Sucedió una noche de febrero que recuerdo como la más calurosa de mi vida. También debo aclarar que tengo un cuerpo muy velludo por lo que calculo que las noches calurosas, a mí se me antojan mucho más calurosas. Ese día habíamos vuelto temprano de la playa y después de un merecido baño, mis viejos decidieron ir a cenar a un lujoso y conocido restaurante del centro carioca, pero yo a causa del calor, decliné la invitación.
Simplemente tenía la intención de dejarme caer en un sillón de paja que había en una especie de recibidor que unía las dos habitaciones que se alquilaron en el hotel, con ganas de leer una novela de terror de mi escritor predilecto, Stephen King. Estaba yo muy enfrascado en la lectura cuando la sensación de una presencia me obligó a levantar la vista.
Allí, delante de mí, a pocos metros –nunca sabré como entró en la habitación- se hallaba una mujer de extraordinaria belleza, de esas que un adolescente como yo se inquieta de tenerla cerca –y los no adolescentes también-.
Su expresión era de miedo, pero a mí no me asustó. Entonces comenzó nuestro diálogo. Una voz que no parecía la mía por la falta total de naturalidad le dijo: -¿busca algo?.
La pregunta era totalmente absurda pero era lo único que se me ocurrió en ese momento. La situación era también totalmente absurda porque ella no contestó una sola palabra. Seguía allí de pie, con la apariencia de una sonámbula que se ha extraviado en la noche.
Pude observar una enorme cicatriz en su cuello, lo que en cierta forma me infundió algo de terror. No se por qué pero me pareció que pudo haber sido un terrible accidente de autos.
Entonces me atreví a hablar nuevamente: -¿quién es usted? ¿qué desea? ¿qué le pasa? ¿a quién busca? Bombardee. -Nada puedo decirte. Fue lo único que oí. Tenía un agradable acento y su voz era cálida. Ahora recapacito que cometí un locura, nunca debí iniciar una conversación así, que debía haberla echado, pero yo, al verla vaporosa envuelta en bambula transparente y atraído por esa excitación debido a la edad, hice todo lo contrario. Le ofrecí que se sentara, le serví algo fresco que sin hablar tomó entre sus manos blancas, pequeñas, finas, salvajemente sensuales que despertaron una extraña locura dentro de mí.
Continuaba sin hablar como si hubiera adivinado que sólo me bastaba su presencia. Estuvimos largo rato en silencio, mirándonos primero; acariciándonos y besándonos después, de la manera más suave y delicada.
De repente el viejo y largo reloj de pared, como si quisiera romper ese mágico silencio tan nuestro y tan profundo, dio las once de la noche. Recién entonces caí en la cuenta de que ignoraba cuanto tiempo había pasado desde que esa fascinante aparición había penetrado en la habitación, en mi mundo, en mi vida.
Lo que sucedió después es difícil describirlo. Sólo puedo decir que nunca más llegué a un éxtasis tal ni a una entrega más perfecta. Perdí la cuenta de los numerosos orgasmos que hubo de ambas partes y hoy, con los años, estoy seguro que nunca pude repetirlo. Fue una mezcla de erotismo y pureza que nos fue llevando fuera de los límites de la cordura.
Cuando desperté a causa de los ruidos que hacían mis viejos al querer introducir las llaves en la cerradura, sobresaltado la busqué en la penumbra pero no estaba, ni a mi lado ni en la habitación.
Aún perdura en mis recuerdos su perfume, que en ese momento todavía persistía en la habitación. Me levanté y corrí a la otra habitación, al baño. Nada. Desesperado me senté al borde de la cama.
No podía llamarla, ni siquiera conocía su nombre y allí ya estaban mis padres. ¿Qué decirles? Nada. Sólo sabía que esa mujer trastornaba mis sentidos y que quería estar con ella. Una mujer que me daba vueltas el cerebro, que me tenía de la nuca, del tomate –como dicen ahora los pendejos-.
Me vestí en pocos minutos y salí al pasillo, -recuerdo que ni siquiera me higienicé- bajé rápidamente las escaleras de dos en dos y dirigiéndome directamente a conserjería como una tromba pregunté si la habían visto. No, fue la respuesta.
Una negativa que recibí como si fuera un golpe despiadado.
Salí a la calle decepcionado con una aterradora sensación de angustia.
Una multitud de negros que se habían agrupado en ese momento cerca del hotel detuvo mis pasos. Gente que festeja el carnaval, fue lo que pensé. Quise esquivarlos, pero... ¿a dónde iría?.
Volví sobre lo andado. El portero del hotel tenía que saber algo de ella. Estaba firme en su puesto fumando un hediondo charuto.
-Por Dios, haga memoria. ¿está seguro que no la ha visto?. Imploré.
-Pero señor, (me respondió en su portugués muy cerrado proveniente del norte de Brasil) –ya se lo he dicho, no he visto entrar ni salir a nadie así, pero si gusta puede elegir algunas de las garotas “acompañantes” que trabajan con el hotel.
Me negué amablemente, resignado. ¿y si realmente fue un sueño?.
Me alejé de allí y me encontré en el grupo de negros entre los cuales ahora había algunos blancos. No parecían estar festejando el carnaval.
Me acerqué curioso a preguntar que pasaba, por lo que me contaron de un horrible crimen que había ocurrido. Recién ahora recapacito que esta gente eran periodistas en busca de esa información sensacionalista que es en definitiva la que vende mayor cantidad de diarios, alimentando el morbo de la gente. Y yo también, atraído vaya a saber por que estúpida morbosidad que no escapo a las reglas, traté de colarme entre la gente para ver mejor.
Ingresé en un espléndido jardín que rodeaba una no menos espléndida casa. Intenté mirar a través de un enorme ventanal y vi mucho movimiento; parientes de la víctima según deduje, ya que la policía no dejaba entrar a nadie.
Los camilleros de una ambulancia privada estaban retirando el cuerpo y yo quería quedarme a ver. “Cómo estaré de loco” pensé.
Cuando salían no caminé ni dos pasos cuando algo tremendo y aterrador estalló dentro de mí. –No es posible” pensé semiahogado por el dolor, mientras desfilaban como en un torbellino pavoroso, sus caricias, su ternura, la tibieza de su piel y su fiebre salvaje quemando mi piel.
Allí, en esa camilla con una mano crispada, estaba tendida esa mujer, la que yo amaba desde siempre, la que hacía unas pocas horas había suspirado en mis brazos por primera vez.
La habían apuñalado en el cuello, de lado a lado, brutalmente.
La sangre, seca ya, la había manchado casi por completo. (musculosa, vaqueros y hasta los zapatos). No pude moverme, quería correr a abrazarla, taparla para que nadie la mirara. Desesperado, caí de rodillas en donde estaba.
Mientras trataba de reprimir un sollozo que brotaba desde el fondo abismal y destrozado de mi alma, pude escuchar una voz (probablemente la del médico forense) que decía:

-Hace más de 24 horas que está muerta y con este clima tan caluroso
pronto va a entrar en descomposición...

lunes, 28 de diciembre de 2009

Secuencia


SECUENCIA

...Obviamente, médico al ir que tengo. ¿Aceitunas a olor este y? ¿Pasando está me que lo es qué?.
Soplé humo dentro de mi cigarrillo y éste se hizo más grande.
Miré el reloj y mi di cuenta que las agujas andaban hacia atrás. Me indicaba que eran las 10:33 yendo hacia las 10:32.
Estaba atrapado, moviéndome a la inversa por toda la secuencia de acciones pasadas. Me sobrevino una especie de desesperación porque sabía que no podía hacer nada para evitarlo.
Impotente, acá detrás de mis ojos contemplaba cómo se comportaba mi cuerpo.
El cigarrillo alcanzó toda su longitud. Hice chasquear el encendedor que devolvió su punta encendida y luego sacudí el apagado cilindro que devolví al paquete.
Normalmente no fumo ni bebo, pero estaba pasando por una situación límite muy especial y delicada. Situación que me hizo buscar desesperadamente beber para tratar de olvidar.
Bostecé a la inversa: primero una exhalación y luego una inhalación.
Esto no era real, por lo que acudí al médico. Le comenté que ya había sufrido algunos ataques semejantes, pero que estos se hacían cada vez más frecuentes y largos.
Se trata de una alucinación locomotriz post-traumática provocada por la ansiedad y la pena de perder a un ser querido, precipitando así el ataque. Todo esto se conjugaba para provocar un síndrome nada común, sobre todo porque cada vez que se sucedían, estos eran de mayor duración, sin saber en que podían desembocar.
Pero yo no creía en esto, no podía creerlo. No si quería conservar la poca salud mental que aparentemente me quedaba.
Me puse de pie, caminé hacia atrás por la habitación hacia el placard, volví a vestirme con la misma camisa y el mismo vaquero que usé durante todo el día.
Retrocedí hasta la cocina, me senté y regurgité la bebida que ya me había tomado, trago tras trago sin derramar una sola gota, hasta que el vaso se llenó.
Noté un fuerte sabor a aceitunas, un fogonazo de rosada estática, una especie de sopor, luego un momento de elevada percepción y ... todo volvió a sufrir un cambio.
Ahora las grandes agujas del enorme reloj de la cocina marchaban por su gran esfera siguiendo la dirección correcta.
Me sentí libre para moverme a voluntad, eran las 09:47 Hs.
Volví a beber esa bebida fuerte, me hacía falta. Ahora, si era consecuente con el sistema, volvería a sacarme la ropa y me pondría a fumar. Pero en vez de eso, me serví otra copa, y otra más.
La secuencia no se repetía. Las cosas no sucedían como creí que habían ocurrido y des-ocurrido. Ahora todo era diferente, y así se venía a demostrar (según el médico) que lo ocurrido había sido una alucinación.
Incluso la noción de que había invertido 46 minutos en cada sentido constituía un intento de racionalización. Nada había pasado.
Todo el asunto era una locura... al recordarlo, volví a llenar otro vaso, hasta que caí dormido.
Por la mañana omití el desayuno, mientras advertía que muy pronto dejaría de ser “por la mañana”, tomé un par de aspirinas, una ducha y un café negro chico.
Salí a la calle. ¿cómo rectifica un hombre lo que sucedió? No se puede.
No hay sistema posible bajo el sol. Puede sufrir, recordar, arrepentirse, maldecir u olvidar. Nada más. Lo pasado es inevitable.
Sí, estaba al borde del desmoronamiento; entonces lo que más deseaba era lanzarme a él de cabeza, abandonarme, no seguir correteando medio adentro, medio afuera.
Sencillamente caerme, pero con fuerzas y de verdad, porque recordé el por qué, en realidad nunca pude olvidarlo.
Después de odiar mucho, me levanté del banco donde estaba cuando la estática rosada me golpeó las pupilas y el aire se convirtió en un volcán que escupía arco iris.
El mundo se quedó congelado y como si pusiera una rima visual a mis pensamientos comprendí que el infierno tornaba a empezar cuando los pájaros cruzaron el cielo volando hacia atrás. Me entregué a merced del fenómeno.
Dejé que aquello me dominara hasta que se agotase; que lo emplease todo y no quedase ningún resto por desandar.
Sólo mis pensamientos permanecían inviolados, mi cuerpo en cambio pertenecía a la ola que se retiraba.
En la calle un muchacho se cruzó de espaldas, des-silbando retazos de una canción.
Entré a mi departamento igualmente de espaldas, des-bebí mi café negro chico, me des-duché, devolví las aspirinas a su envase empeorando mi “resaca” a cada instante, y me dormí sobre la mesa sintiéndome terriblemente mal.
Una pesadilla apenas recordada pasó en secuencia inversa por mi mente. Dejemos que así sea, decidí sin resistirme.
Era de noche cuando desperté, estaba muy borracho. Retrocedí hasta el bar y comencé a escupir las bebidas, una a una en el vaso que usé la noche anterior y volví a meter el líquido en las botellas saltando por el aire. Me iba sintiendo menos borracho.
Seguía deshaciendo cosas. Descolgué el teléfono, dije “chau”, no se que más desdije, escuché un momento, recolgué el teléfono y lo miré un rato mientras sonaba.
El sol salió por poniente y la gente conducía hacia atrás sus coches rumbo a ...!Qué me importa1 Era el ataque más largo que tuve, pero no me importaba.
Quise soltar una risotada, pero no podía dar la orden a mi boca; ni quería interferir en nada. Todo el mundo obraba hacia atrás sin saberlo.
Luego me sobrevino otro dolor de cabeza y volví a la cama.
Más tarde el sol se puso por levante.
Y lloré sin lágrimas, por dentro, al darme cuenta de lo que iba a suceder. Pese a mi locura sufría... sufría mientras todo iba hacia atrás. Hasta que supe que tenía el tiempo al alcance de mi mano. Grande era mi pena, mi odio, mi amor.
De repente me encontré rodeado de mucha gente que lloraba y me daba su pésame en el cementerio. La gente se apartó un poco para dejar lugar a un par de hombres que descorrían el mármol del nicho y sacaban el ataúd para volver a colocarlo sobre la coruña que lo transportó hasta ahí.
Todos salimos de espaldas del cementerio. El ataúd fue devuelto al coche fúnebre y éste regreso al lugar donde se estuvo velando, previa pasada por las últimas pertenencias del difunto, quedando luego reinstalado en la Capilla Ardiente del salón principal del Consejo Deliberante.
Des-sueldan la tapa del féretro en el momento que agarramos a mi señora entre cuatro, ya que desembocó en un ataque histérico al ver que tapaban a su suegro-papá.
Era mucho más que su suegro –ella perdió a su padre de muy chica- y fue como si lo adoptara como padre, lo quería mucho.
Permanecimos entre mucha gente toda la noche. Algunos conocidos, muchos que no. Mi papá era un hombre muy conocido y querido, murió desempeñando las funciones de Vice-presidente del Consejo.
Muchos amigos me des-estrecharon sus manos en señal de condolencia y rostros solemnes de los tantos desconocidos. La mayoría de esta gente recién me conocía como yo a ellos, porque a pesar de que papá “llegó”, yo siempre rehuí de la política.
Una de las lamentaciones de él era tener que dejar su herencia política a cualquiera que no sea de su sangre.
Las cosas seguían su curso de retroceso. Entraban para sentarse un ratito, mirar el ataúd, “hola, cuánto lo siento” ó “ahora tenés que ser fuerte” u otra de las fórmulas que corresponden para el caso y se iban. Siempre de espaldas.
Las lágrimas me subían por las mejillas entrando en mis ojos. Luego estuve cada vez más solo; mi ropa volvía a estar bien planchada de nuevo.
Por dos veces ejercité toda mi fuerza de voluntad en el intento de interrumpir la secuencia de los acontecimientos. Fracasé.
Había lágrimas en mi mente al percibir el pasado que yacía a menos de 24 horas.
Ese pasado me estuvo acechando durante todo el día mientras des-compraba el féretro, el nicho y los accesorios.
En este des-andar los acontecimientos regresamos al hospital donde estuvo una noche en terapia intensiva antes que me dijeran que no se pudo hacer nada por él.
¿Lo estamos sacando de la terapia? ¿VIVO? ¿Puede ser que se reconforme su cerebro después de haber padecido una isquemia?
Lancé alaridos mentales, aullidos de pánico y euforia. No podía detenerme en este punto. No, ahora no.
Toda mi pena y mi amor y todo el odio por mi mismo me hicieron retroceder hasta tan lejos, hasta casi el momento...
No podía terminar ahora. Al cabo de un rato me encuentro en la cocina de la casa de mis viejos. La puerta se abrió de “un portazo”, los ojos de papá casi salían de sus órbitas
-¡Vuelvas que quiero no!
-¡Voy me que claro!
-¡Entonces, mierda a la andate!
-¡Mi de siempre pensaste eso!
-¡Sentís lo que decí menos al, criatura una como portas te!

Sus ojos llamearon dentro de esa estática rosada como esmeraldas. Y se produjo un cambio. El gran cambio; y volvió a estar vivo. Mentalmente tenía una gran algarabía. Esa tremenda alegría interior hizo que me sonriera; lo que parecía enfurecer más a papá.

-¡Te portas como una criatura, al menos decí lo que sentís!
-¡Si papá, tenés razón! Le dije tomándolo de su mano con fuerzas. Manos callosas y temblorosas que otrora fueran grandes y fuertes.
-¡Vení, calmate un poco que mientras tomamos un café volvemos a charlarlo.
Nunca podrás imaginarte cuanto lo siento.
-¡Esta bien, sentate acá. Y yo obedecí.

martes, 16 de enero de 2007

Las Manos de mi papá

LAS MANOS DE MI PAPA.

Las manos de mi papá son todo un símbolo para mí.
Fueron las manos de mi papá las que, en uno de los primeros nacimientos que con la modalidad de permitir al hombre ayudar, cortaron mi cordón umbilical separando así la unión con mi madre incorporándome a la vida y al difícil arte de vivir.
Fueron las manos de mi papá las que trataron de calmarme, palmeándome suavemente la espalda en las noches que mi llanto molesto no los dejaba dormir; y fueron sus manos las que me sujetaban tierna pero firmemente en los momentos en que tambaleante necesité sostén cuando comencé a dar mis primeros pasos.
De las manos de mi papá recibí algunos chirlos en el momento justo, que me enseñaron que estaba mal lo que yo, sin saber estaba haciendo.
Y recuerdo vívidamente como si fuese ayer cómo sus manos aplaudían eufóricamente y hasta casi ponerse coloradas el que yo halla subido al escenario del colegio a recitar vaya a saber qué versos.
También fueron las manos de mi papá las que con reiterados intentos y a través de arduas y pacientes jornadas me enseñaron a hacerme los nudos con moño en mis zapatillas, las que confieso me costó aprender.
Entonces es fácil de comprender por qué las manos de mi papá son todo un símbolo para mí.
Porque fueron sus manos las que, blandiendo un índice acusador cerca de mi cara me recriminaba mis errores como así también su pulgar levantado en señal de aprobación me indicaba mis aciertos señalándome un camino derecho.
Mirando las manos de mi papá aprendí muchas cosas. Aprendí a afeitarme y también viendo sus diestros movimientos aprendí a hacerme el nudo de la corbata.
Y también mediante el movimiento de sus manos fue que copié su técnica en el trabajo. Técnica que nos hizo tener un buen pasar.
Fueron las manos de mi papá las que incluso ya de adulto, me alcanzaron disimuladamente una (o varias) ayudas cuando tuve algunos apremios económicos.
Por eso fue que cuando se descompensó y hubo que atenderlo en el hospital, lo único que podía yo hacer era sentarme junto a su camilla y sostener sus manos entre las mías.
Grandes y callosas pero cálidas, sus manos fue lo último que toqué de papá antes de que falleciera.
Las manos de mí papá son todo un símbolo para mí.
Fueron las manos de mi papá las que me indicaron el camino recto en la vida y puedo darles mil explicaciones más por las que las manos de mi papá son tan importantes para mí.
Por eso no comprendo por qué quieren internarme si les estoy dando mis razones de por qué, después de muerto quise quedarme acá en casa con las manos de mi papá.